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Monólogo

Por dioses, no le preguntes a una IA, pregúntale a tu tarotista de confianza

Arendt señala, en un momento dado de su obra, que todas las cosas del mundo (incluidas las personas) tienen en común ser percibidas por criaturas con receptores sensoriales capaces, además, de reconocer y reaccionar ante aquello que se les aparece con un significado para su percepción. (Arendt, 2002, p.43). Dice Arendt: 

En este mundo al que llegamos, procedentes de ningún lugar, y del que partimos con idéntico destino, Ser y Apariencia coinciden. […] No existe nada ni nadie en este mundo cuya misma existencia no presuponga un espectador. En otras palabras, nada de lo que es existe en singular desde el momento en que hace su aparición; todo lo que es está destinado a ser percibido por alguien. (Arendt, 2002, p.43, la cursiva es nuestra)

Esto nos lo señala Arendt en medio de una discusión con el solipsismo —aquella idea que uno puede tener, en la privacidad de su mente, que le hace dudar de la existencia de otras mentes y de la realidad del mundo que le rodea.

Arendt sigue: en nuestro día a día, la primera pista de que algo del mundo a nuestro alrededor es real es que nuestros sentidos se ponen de acuerdo en que existe; vemos, tocamos, degustamos, olemos y oímos el mismo objeto. (Arendt, 2002, p.74). Ahora bien, confirmar de esta manera, mediante los sentidos, que algo se nos aparece es solo el primer paso. Faltaría aún que otras personas nos confirmen que también ante ellas se aparece ese objeto —aunque el modo de aparecer pueda ser distinto. (Arendt, 2002, p.74).

Únicamente allá donde las cosas pueden ser vistas por muchas personas en una variedad de aspectos sin cambiar su identidad, de modo que aquellos que están reunidos a su alrededor sepan que ven una misma cosa aunque en total diversidad, puede aparecer la realidad mundana de manera verdadera y confiable. (Arendt, 1958, p.57)

Ahora bien, esta no fue la vía (para confirmar la realidad del mundo) que siguió la tradición filosófica predominante: en la búsqueda de una fuente fiable de verdades, nuestra tradición filosófica colocó la introspección por encima de la experiencia mundana, huyendo del “mundo de las apariencias” hacia la privacidad de la mente. Poco a poco las demás cosas y seres que aparecían a nuestro alrededor fueron cubiertos por un velo de duda, hasta que incluso el cuerpo propio fue puesto en tela de juicio. Y ahí están los 'grandes filósofos' dudando hasta de su propia existencia.

Arendt procede, entonces, a explicar por qué le parece una tontería llegar a ese extremo de duda. Según Arendt, cuando Descartes da con el “cogito ergo sum” –que pretende ser, para cada persona, una tranquilizadora evidencia de que de hecho existe– ignora el hecho de las cogitationes (los pensamientos) a las que apela solo se le aparecen en la medida en que “se manifiesten en un discurso, hablado o escrito, algo que ya está destinado a, y presupone, oyentes y lectores como sus receptores.” (Arendt, 2002, p.44)  Es decir, ignora el hecho de que, al pensar, esa criatura se dirige a alguien. Piensa (y duda) porque ha nacido en el seno de una comunidad parlante, pensante y discursiva que le ha enseñado, con su ejemplo y con sus esfuerzos, a pensar, a reconocerse pensante y a poder dudar y criticar. No sabe pensar y dudar sin hacerlo —aunque sea en silencio y para sus adentros— como si otro le oyera. La estructura de su pensamiento, la estructura de su propia duda, refleja ya la existencia de otres. Esto es, el pensamiento está construido para tener público y nos muestra hasta qué punto el uso de la razón es solo una característica más de ese ser preparado para existir mundanamente entre otres. Por decirlo de otro modo, “[…] de haber nacido en un desierto, sin un cuerpo dotado de sentidos para captar las cosas materiales y sin la compañía de otros seres que le asegurasen que percibían lo mismo que él. La res cogitans cartesiana, esa criatura ficticia, sin cuerpo, sin sentidos y completamente desamparada, no podría saber que existe algo como la realidad, ni sospechar la posible distinción entre lo real y lo irreal, entre el mundo común de la vigilia y el no-mundo privado de los sueños.” (Arendt, 2002, pp.72-3) En esta misma línea, una persona no se reconoce como existente (ni tiene una identidad) antes de formar parte de una comunidad. Llegamos a tener singularidad y a reconocernos como existentes en tanto somos capaces de actuar y de hablar en presencia de otras personas y dentro de una red ya abierta en la que aquello que hacemos tiene consecuencias (Arendt, 1958, p.184 y p.188). Nuestra identidad singular es un mero efecto secundario, siquiera intencionado, de nuestra participación en el espacio público. Arendt avisa, de forma reiterada en su obra, de los caminos que nos llevan a vivir en un mundo imaginario y este, cambiar el sentido común por la introspección, es el más peligroso. La realidad del mundo, para cualquier persona, depende de la presciencia y la percepción de las demás, sin éstas —dirá Arendt— lo que sucede pasa como en un sueño; es íntimo pero irreal (Arendt, 1958, p.199).  De esta manera, si una persona lograse ‘ser en singular’ —lo cual es para Arendt un oxímoron— perdería su contacto con el mundo real, cambiándolo por uno imaginario (Arendt, 1958, p.234).

Lo que importa, entonces, para no perder nuestro vínculo con el mundo real es estar capacitades para poner en común con les demás, vivir entre ellos y comprender el mundo a través de les demás. La buena noticia es que los seres humanos nacemos preparados para existir mundanamente, para percibir, ser percibidos y para convivir con otres. La mala noticia es que cada vez cuesta más sacar el tiempo y las energías para reunirnos y cada vez nos tratan de convencer más y más de que les otres no nos hacen tanta falta, que ser independiente y que no nos incordien son las señales del éxito máximo. En estas nos ofrecen la IA como compañere, como amige, como terapeuta, como experte al que consultar dudas, como artista al que hacer encargos… hasta en la sopa. Pero la IA no tiene punto de vista, no participa del sentido común y no sirve de anclaje al mundo real. “Hablar con la IA” en busca de consejo, de amistad o simplemente de conversación desgasta el tejido social que hace mundo.

Entonces, por favor,

Conversatorio